“Lo complejo nos rodea y forma parte de nosotros. ¿Qué define esta complejidad? [...] De una parte, la ya mencionada presencia de propiedades emergentes, que no pueden explicarse acudiendo a las propiedades de sus componentes. De otra, la existencia de una cierta invariancia del todo pese a los cambios y fluctuaciones en sus partes. [...] Sus propiedades e identidad como sistema se mantienen. [...] un orden de nivel superior que no podemos comprimir. Este orden irreductible es la esencia de lo complejo [...] El origen de esta irreductibilidad reside en la presencia de interacciones entre elementos. Todo sistema complejo posee elementos qe en una forma u otra, intercambian información entre sí a través de algún medio. Este flujo de información es generado por los elementos constituyentes, y a su vez cambia el estado de estos últimos, en un círculo lógico que no podemos romper”.
Solé, R. Redes complejas: del genoma a internet. Tusquets, 2009. P. 20.
Los sistemas complejos, así pues, exhiben comportamientos y propiedades emergentes, que son resultado de la interacción reticular de sus elementos, pero no se reducen simplemente a ellos. Redes de comunicación, células, ecosistemas, epidemias víricas, sistemas neuronales, genomas, mercados, sociedades, lenguajes, etc., en versión natural o artificial, son ejemplos de sistemas complejos.
El cerebro es de por sí una red compleja de neuronas interactuando, o sea, el resultado de flujos y conexiones informativas entre sus componentes, en equilibrio dinámico. Nada de raro tiene pensar, pues, en una inteligencia colectiva y reticular, externa y neurodigital, masivamente industrializada. O ver la cultura como un sistema adaptativo complejo.
Esta entrada fue publicada el a las Jueves 2 de Julio de 2009 y está archivada bajo las categorías Biología, Computación, Física, Información, Sociología. Puedes seguir las respuestas de esta entrada a través de sindicación RSS 2.0.
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