(Que Víctor Erice, inteligencia verdaderamente ajena, si alguna, a cualquier enjambre, me perdone por esta indebida apropiación).
Escribía hace poco tiempo (Contagio y educación 1; Contagio y educación 2) que con la hipertrofia informacional propiciada por las TICs, que es definitoria de la sociedad de la información, proliferan los fenómenos de contagio viral (semiinconsciente, semiautomático) como forma de transmisión cultural, lo que pone en peligro la educación (en distintas versiones) y entraña otros riesgos.
Si todo ello es algo natural, como sostengo, ¿es malo? Depende para quién, claro, quién se considere el afectado. Pero incluso sin asumir un punto de vista “cosmológico”, pensando a escala del desarrollo de nuestra especie particular, tal vez sólo se trate de una manifestación más del cambio, del pregonado fin de la Modernidad, en concreto.
En la época moderna, esto es, en la época de la imprenta, ha predominado la idea del sujeto, visto como protagonista providencial de su propio destino, secularización antropocéntrica de los dioses antiguos y medievales: sujeto social, sujeto individual, sujeto del conocimiento, de la acción y de la historia, sujeto político, ciudadano y hombre libre, autor intelectual, propietario emancipado, conciencia ilustrada, clase revolucionaria, nación soberana, razón crítica y dignidad personal. Toda la cultura, la ciencia y la sociedad modernas han sido así.
Pero la hegemonía de Gutenberg finaliza, y con ella acaba la del sujeto, como antes terminó el dominio de los dioses. No es que los dioses o el ideal del sujeto desaparezcan, pero dejan de ser decisivos. Por tanto, ahora se vuelve no más real pero sí más evidente que, parafraseando a MacLuhan, el sujeto es la información (el continuo informacional).
Y en esta etapa, cuando se intensifica y acelera el contagio viral de contenidos, se ve desarrollarse una inteligencia compartida, global, reticular, interconectada, externalizada, simbiótica, neurodigital, ciborg, una inteligencia de enjambre, eficaz y adaptada en general para sobrevivir. Es algo así como un espíritu de la colmena: cada miembro puede ser poca cosa, poco autónomo, normalmente, pero el agregado total se desenvuelve y funciona bastante bien, con un comportamiento emergente que no ha de calificarse de acción, ni tampoco resulta de ningún “sujeto”, porque la autoorganización de sistemas complejos no tiene que ver con la Providencia.
La situación, por otra parte, puede describirse y revestirse con un lenguaje optimista o pesimista, integrado o apocalíptico, mesiánico o melancólico, según como se vean las cosas.
Escrito por Luis Javier Martínez
Escrito por Luis Javier Martínez