Economía del conocimiento

La economía española viene creciendo regularmente desde 1994, más que la de países del contorno europeo. Pero parece que va mejor y aumenta más la producción (y el consumo) que la productividad. Y siempre está el temor a los países emergentes, que pueden menoscabar la prosperidad de los españoles. Además, hay que ser modernos y cosmopolitas, a tono con la época y esos países de alrededor. Así que todos los gobiernos del país (los dieciocho con atribuciones en el asunto) andan empeñados en vender futuro promoviendo una economía del conocimiento, basada en la investigación y la innovación.

Pero los españoles, salvo aquéllos a los que se recompensa al efecto (los científicos del sector público), parecen remisos a conquistar nuevos territorios del mapa del saber cuando se saca tanto provecho de explotar simplemente el territorio bajo los pies. Qué realismo tan crudo.

Porque en España, poco más o menos, se trabaja en lo mismo que en todas partes, luego ¿de dónde procede el diferencial de crecimiento sostenido? ¿De dónde sale la riqueza colectiva que (en general) se disfruta, el aumento del empleo que atrae a personas de otros países? ¿Qué fabrican o venden de especial los españoles? ¿Cómo aumenta el PIB un 3% doce años con un 1% de inversión en I+D? La riqueza tiene que venir de alguna parte, ¿dónde se origina, en última instancia, en una proporción significativa como para apuntalar año tras año el aumento del consumo y del bienestar? Pues en la economía del cemento, claro, no en la del conocimiento.

Agotadas las minas y la pesca, reconvertidas las comarcas rurales a la PACagricultura y con una industria que ahí está, más o menos, los españoles se enriquecen explotando a fondo el territorio, se comen literalmente el país: lo venden, lo compran, lo encementan, lo vuelven a vender y comprar, llenan el paisaje de grúas y excavadoras, suprimen los bosques, las montañas, las playas, los lagos, los páramos, las bahías. Excavan túneles, edifican torres, multiplican las autovías, levantan centros comerciales, hacen campos de golf, puertos deportivos, aparcamientos, urbanizaciones, hoteles. Es la economía del cemento, y del hormigón, el asfalto, el ladrillo…

Todo discurso público y publicado sobre I+D habla siempre de gastar e invertir en ciencia, porque en España no se practica la ciencia para ganar y obtener beneficios. Mientras quede un metro cuadrado de terreno que encementar, no hace falta la investigación para prosperar. Basta traficar con el patrimonio que representa la tierra heredada. La tierra, el agua, el aire y el sol, en realidad. La economía del cemento es el modelo de desarrollo. Qué poco glamour tiene este estilo de vida de rancio hidalgo perezoso.

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