“Technology matters”, de Nye

Technology matters está escrito desde la perspectiva de un historiador que reflexiona sobre aspectos clave de la tecnología en el mundo actual a la luz de lo que le enseña el examen del pasado. Me ha parecido una obra muy sugestiva, y es interesante y adecuada para cualquier lector inquieto. Se plantea diez cuestiones polémicas que forman parte de las preocupaciones del presente: cómo se dirige la tecnología, determinismo y predictibilidad tecnológicas, evaluación social y mercado, sostenibilidad, diversidad cultural, seguridad, empleo y bienestar, impacto psicosocial, etc. Trata además estos temas de manera razonada y amena, incluyendo numerosos ejemplos de la historia reciente de la tecnología, que hacen entretenida la lectura.

Nye no da respuestas claras a todas las preguntas que plantea, le parecen cuestiones con las que convivir. Pero sus consideraciones me resultan en general sensatas. Por supuesto, estoy de acuerdo con la tesis general de que la tecnología importa, y que a la sociedad humana le interesaría dilucidar mejor cómo habérselas con ella. De especial interés son las observaciones acerca de la necesidad de introducir mediaciones reflexivas y deliberativas (mecanismos de participación, representación, evaluación, etc.) en el desarrollo social de la tecnología, asunto en el que entronca con otra mucha bibliografía (Entre ingenieros y ciudadanos). 

No obstante, frente a la abundancia de ejemplificación, faltan modelos explicativos y conceptualización. Así, la tecnología aparece demasiado poco definida desde el punto de vista evolutivo y de la ecología humana como para sacar conclusiones y encontrar certezas. Y yo enfriaría un poco el cálido optimismo antropológico que rezuma en consecuencia toda la obra.

Nye insiste, por ejemplo, una y otra vez en que toda tecnología es una construcción social, por lo que en definitiva es la sociedad, de una u otra forma, la que selecciona y modela las tecnologías y por tanto define y decide, mejor o peor, su desenvolvimiento material. Por tanto, no sería la tecnología la que conforma inexorablemente nuestras vidas, para bien o para mal, sino más bien al revés. 

Dejando aparte la peculiar guerra de los historiadores con la causalidad (o dilema del huevo y la gallina), el mismo Nye viene a reconocer que cuando una tecnología adquiere “momento”, inercia suficiente al aplicarse en la realidad, sí es ya determinante. Así que, por el mismo precio, diríamos que toda sociedad es una construcción tecnológica. Y de hecho lo decimos: las sociedades neolíticas surgen de la tecnología agropecuaria, etc. Y desde luego toda sociedad es resultado y efecto de los procesos de interacción comunicativa basados en las tecnologías del lenguaje (escritura y demás TIC).

En mi opinión, el problema es que, en su lucha contra el determinismo tecnológico, Nye, como muchos pensadores, confunde CONTINGENCIA (los sucesos no están predeterminados) o EMERGENCIA (lo complejo surge de lo simple) de los grandes sistemas (sociales en este caso) con AGENCIA (acción intencional de un sujeto), e incluso con PROVIDENCIA (diseño y tutela de los procesos por un agente exterior).

Por muy políticamente movilizadoras (o ¡tranquilizadoras!) que sean tales confusiones (una apelación optimista a que “el futuro está en nuestras manos”), son escasamente útiles para establecer cómo funcionan en realidad las cosas, lo que me parece muy necesario (saber la verdad) incluso para formular un programa de acción

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