El acceso abierto, ¿dañino?

Raghavendra Gadagkar, un científico que trabaja en el Centre for Ecological Sciences del Indian Institute of Science, en Bangalore, dice en una carta publicada en Nature la semana pasada, así como suena, que el acceso abierto causa más daño que bien en los países en vías de desarrollo. No es que se manifieste como un entusiasta partidario de las publicaciones sufragadas por los lectores, sino que, puestos a elegir, ve aun peor, para los investigadores del Tercer mundo, las que se basan en el modelo “autor paga”. 

Para Gadagkar, el funcionamiento del peer review impide que los científicos tengan iguales oportunidades para publicar, en función sólo de la calidad de los artículos. Pero, según él, el sistema de acceso abierto distorsiona aún más las condiciones de equidad, pues los costes de publicación suponen un obstáculo añadido para los autores, que no se puede resolver sistemáticamente con descuentos a investigadores sin recursos, ni trasladando los gastos a las agencias financiadoras. Gadagkar termina diciendo:

[Page charges] … could be disastrous for the underdevoloped world, encouraging people to remain as consumers (readers), rather than become producers (authors) of knowledge. A ‘publish for free, read for free’ model may one day prove to be viable. Meanwhile, if I have to choose between the two evils, I prefer the ‘publish for free and pay to read’ model over the ‘pay to publish and read for free’ one. Because if I must choose between publishing or reading, I would choose to publish. Who would not?

La reflexión de Gadagkar se nutre, desde luego, de una percepción del investigador como esencialmente autor y no como lector de publicaciones, en lo que tal vez no vaya desencaminado. Bajo esa perspectiva, de una manera un poco ruda, si lo prioritario es publicar y no leer, lo que importa no es cómo se publica, sino cúanto cuesta (esfuerzo, tiempo, dinero…) Sin embargo, Gadagkar olvida que al científico como autor también le interesa la difusión, repercusión y acceso a sus artículos, los indirectos retornos derivados.

El planteamiento resulta chocante para la mentalidad occidental desarrollada, dispuesta más bien a favorecer el libre acceso al conocimiento a costa del autor, incluso aunque cueste lo mismo y a los mismos (las agencias financiadoras de la investigación) que la comunicación científica sufragada por el lector. Pero Gadagkar lanza un reproche al paternalismo occidental, lo ve más preocupado de que en el Tercer mundo lean que de que investiguen. La actitud del científico indio es estrecha de miras, pero constituye una llamada de atención y es comprensible en su entorno: pendiente de necesidades básicas, puede prescindir mejor del libre acceso al conocimiento que de publicar. Es una visión diferente de la “brecha digital”.

Por mi parte, creo que una mayor accesibilidad o fácil propagación de la información, y también del conocimiento científico, se asuma o no como un imperativo moral, es un fenómeno natural, propiciado por la tecnología, se desarrolle por una u otra vía.

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