Galileo no fue el primero

Entre las supersticiones que acompañan a la ciencia, de las que no consigue desembarazarse, está el mito sobre sus orígenes: un mito creacionista, según el cual el Espíritu humano (o alguna encarnación suya) creó de la nada la Ciencia en el Renacimiento, algo sin precedentes, nunca visto.

Como en una antigua cosmogonía, este mito cuenta cómo hubo un Primer Hombre que descubrió el infalible Método Científico, instaurando en medio de las tinieblas el Reino de la Claridad, y pasó la luz sagrada a sus sucesores. El Primer Hombre generalmente es Galileo, aunque en otras versiones del mito puede ser Copérnico o incluso Newton. O tal vez es un colectivo de Pioneros el que inauguró para siempre el camino seguro a la Verdad, del que los seguidores ya nunca se apartaron. De épocas anteriores al santo advenimiento se salvan como mucho Euclides, Arquímedes y algún otro, en calidad sólo de admirables Precursores. Queda todo lo demás señalado como “especulación filosófica” o con similares etiquetas.

Toda profesión o grupo humano tiene sus héroes. Un poco de mitomanía es normal y hasta sano para la moral colectiva. Honrar a los santos patrones es una buena costumbre de gremios agradecidos, y Galileo lo merece. Pero otra cosa es creer un conjunto de leyendas que constituyen una visión anticientífica sobre la propia ciencia.

Sin embargo, es frecuente entre divulgadores y propagandistas de la ciencia, incluso autores serios y reputados, y por supuesto entre muchos científicos de a pie y de a caballo, confiar más o menos en estos mitos. Cultivadas personas que no creerían en el influjo de los dioses sobre las leyes naturales, o en los malos espíritus que se apoderan del cuerpo mórbido, se imaginan que una singularidad espiritual aconteció el el XVI, o en el XVII, por generación espontánea.

Una visión racional de la ciencia debería reconocer que ésta forma parte del patrimonio informacional transmitido culturalmente, no heredado en los genes, con que los individuos de la especie Homo sapiens se enfrentan y responden al medio. Como parte de ese patrimonio, la ciencia es difícil de segregar del conjunto; desde que ha habido homosapiens han existido representaciones del mundo cada vez más atinadas y fiables.

Es difícil, por tanto, establecer un origen temporal o una demarcación lógica de la ciencia, aunque sea razonable identificar como tal a aquel segmento del patrimonio informacional de los homosapiens que describe la realidad y lo hace de manera más precisa, rigurosa, eficiente, progresiva, crítica y objetiva. O sea, al sector de información culturalmente transmitida que representa el mundo y que más se ha depurado, decantado y perfeccionado lo llamamos ciencia.

La información científica en los homosapiens ha progresado a través de muchos cerebros, algunos excepcionales sin duda, y a lo largo de todas las épocas y sociedades, aunque en ciertas ocasiones de forma extraordinaria, desde luego. Pero se ha desarrollado continuamente, coincidiendo los mayores saltos con los grandes avances en materia de técnicas de registro y transmisión de la información, como es natural (la imprenta, la escritura fonética, las grandes bibliotecas, etc.)

Una respuesta a Galileo no fue el primero

  1. wfosbery dice:

    Dicho queda… no hay más que añadir.

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