Los nuevos replicadores

26 julio 2009

Daniel Dennett inserta en su obra Romper el hechizo: la religión como fenómeno natural un apéndice que constituye una reimpresión de un artículo suyo para la Encyclopedia of Evolution. Este apéndice se titula Los nuevos replicadores y es un breve estudio sobre los elementos o unidades de la transmisión cultural, bautizados y popularizados como memes por Richard Dawkins.

Según afirma Dennett, puede haber evolución no sólo en organismos vivos, sino en cualquier sustrato, siempre que exista: 1) replicación, 2) variación o mutación y 3) aptitud diferencial sometida a competencia en un ambiente selectivo. Replicadores o sustratos evolutivos son el ADN, los virus y priones, los virus informáticos y los memes: palabras y lenguajes, gestos y rituales, artefactos y conductas aprendidas, expresiones y creaciones culturales, etc.

Clasificar e individualizar los memes sería muy complicado. Y de hecho se trata de un concepto problemático y discutido. Pero Dennett argumenta que también los genes son difíciles de aislar y que igualmente nos podríamos preguntar en qué sentido se dice que las palabras existen. Genes y memes son ante todo información y no equivalen a los medios físicos que les permiten existir: cadenas de ADN por un lado o lenguaje, textos, diagramas, registros electrónicos, sonidos musicales, etc., por otro. Es cierto, no obstante, que sólo hay un código (A, C, G y T) y tipo de base física para los genes, frente a las múltiples maneras de codificar y grabar la cultura.

Para Dennet, la idea de los memes promete unificar bajo una sola perspectiva los múltiples fenómenos culturales. Cree que así como la genética poblacional no sustituye a la ecología, la teoría de los memes tampoco tiene por qué reemplazar a las ciencias sociales, pero puede inspirar preguntas y plantear modelos más consistentes en el estudio de la evolución cultural, sea o no ésta estrictamente darwiniana.

El conjunto del libro Romper el hechizo representa un ejemplo de ello: es una reconstrucción evolucionista, una “historia natural” de la religión, una prototeoría científica sobre los memes religiosos.

Del mismo modo, otro de los apéndices de la obra se asoma a una indagación similar sobre la ciencia: la funcionalidad adaptativa de la información científica, su desarrollo al estilo de algoritmos genéticos o evolutivos (replicación, variación y selección de memes), su vinculación a eventos de expansión de la reproducción informativa (escritura, etc.) Todo lo cual hace de la ciencia, también, un fenómeno natural.

En realidad, la comparación del progreso científico con la evolución por selección natural se remonta, por lo menos, que yo sepa, a Karl Popper. Lo que en éste era una metáfora, puede resultar ahora una pura descripción factual. Ya lo abordaba así en buena medida David Hull en su obra de 1988 Science as a process: an evolutionary account of the social and conceptual development of science.


“Googléame”, de B. Cassin

19 abril 2009
  • Cassin, Barbara. Googléame: La segunda misión de los Estados Unidos. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2008.

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Los libros sobre Google casi son un género. Éste en concreto, traducido y publicado en Argentina, muy recomendable, es un examen desde el lado de la filosofía francesa. Barbara Cassin presenta al buscador como lo que pretende ser, el gran ordenador mundial de la información, desempeñando una misión de globalización estadounidense, destinada a poner orden en el caos. Una misión que se añadiría a la primera vocación de la gran potencia, combatir las fuerzas del mal.

La autora analiza críticamente la actividad de Google bajo sus dos lemas (organizar toda la información del mundo haciéndola accesible a todos y no ser malvado) y cuestiona su potencial para democratizar de verdad la cultura y el conocimiento. Según Cassin, en Google la calidad y la relevancia aparecen como propiedades emergentes de la cantidad (de enlaces), de manera automática y opaca, sin deliberación, crítica, ni consenso. La cultura y el conocimiento se reducen a mera información. Google revela y ordena toda la web con unas pretensiones que Cassin tacha de totalitarismo organicista, detentando un monopolio de facto en la red, propio de un Gran Hermano.

La conducta del buscador en la confidencialidad del correo electrónico, en sus relaciones con los poderes políticos (E.U.A., China), su multilingüismo superficial (diversos sabores y plato único), o sus ambiciones en la digitalización de libros, demuestran para Barbara Cassin que Google no es fiel al universalismo democrático que predica ni respeta una noción integral de la cultura. Google aparece como el gran mediador, mercader y calculador de las opiniones, más que de las verdades, a la altura de la sofística griega, pero carente de paideia.

“… Google es un campeón de la democracia cultural, pero sin cultura ni democracia. Porque no es un maestro ni en cultura (la información no es la paideia) ni en política (la democracia de los clics no es una democracia) (…) … Google es antidemocrático porque es profundamente estadounidense, sin darnos los medios de saberlo, de cuestionar su universalidad, de tal modo que estadounidense caiga por su propio peso como universal…”

  • La crítica de Cassin me parece en general atinada, pero expresada con la envoltura filosófica propia de la melancolía culturalista y humanista. Lo cierto es que, de hecho, la cultura no es más que información, por más que Google lo venga a poner de manifiesto al representar un gran paso en la industrialización de la información y en el desarrollo de una inteligencia compartida e intermedia, neurodigital. Y al patentizarlo empresarialmente.
  • La relevancia googleleana se inspira en la técnica de la citación científica, que extiende a toda la red, bien que de forma automática y, en efecto, “sin deliberación”. Pero tampoco el desarrollo de la ciencia es perfectamente racional y deliberativo… El problema es que estamos, de nuevo, simplemente, ante un caso de masiva industrialización informacional, que se contrapone a la artesanía y al arte del conocimiento y la educación, sin duda más cuidadosos. Google ejerce el poder de la simplificación.
  • La defensa del pluriculturalismo y la apuesta por lo francés o lo europeo, por parte de Cassin, deberían ir acompañadas de la contrición por la frecuente impotencia e incompetencia continentales frente a la globalización angloamericana.

El libro como excepción

1 marzo 2009

Francia, que fue posiblemente el eje de la Modernidad, representa ahora la excepción occidental a la globalidad angloamericana: en política, idioma, cultura… Y Francia ha inventado la notable idea de excepción cultural, una aportación ya bastante considerable a la cultura contemporánea.

El concepto de excepción es utilísimo. Yo creo que sirve para interpretar y caracterizar no sólo a Francia y al francés en el seno de la universalidad googleleana, sino también, por ejemplo, para entender al libro como artilugio singular dentro del actual nivel de desarrollo del continuo informacional.

La excepción representa mucho más que la armonía en la diversidad o que el espejo roto del multiculturalismo. La excepción remite a la objeción de conciencia y a la deliberada autoafirmación de los heterodoxos. No siempre, por supuesto, lo excepcional es cualitativamente valioso, ni mucho menos, pero sí obstinadamente diferente.

Cualesquiera que sean sus cifras de negocio, el libro está perdiendo relevancia. Aparece ahora como un recurso especial de comunicación, quedando al margen de las impetuosas y fluidas dinámicas informativas digitales que dan forma al presente y ordenan la vida, el pensamiento o la educación de los homosapiens. Los tráficos y los procesos masivos de información que se producen a través de sistemas cognitivos naturales o artificiales utilizan el libro sólo de manera secundaria.

Y entonces, a medida que desaparece como norma, emerge el libro como excepción: como una vía peculiar, gradualmente extravagante, de información cosificada, empaquetada y paralelepípeda.

Su nuevo carácter excepcional altera los valores del libro. La comunicación mediante el libro se vuelve más intencionada, puesto que autor y lector escogen este canal de modo consciente, lo que favorece también la complicidad entre ambos. Al perder la fuerza de la universalidad, el libro circula entre convencidos, quienes se constituyen como minoría, con independencia de su número. El libro, en cuanto mero soporte, y en cuanto excepcional, adquiere significación propia, se convierte en signo. Asume un redoblado valor cultural, casi un valor etnográfico.


El piquituerto metafísico

15 enero 2009

En su célebre obra divulgativa sobre la evolución y la investigación evolucionista El pico del pinzón (*), Jonathan Weiner pone el hermoso título de El piquituerto metafísico al capítulo que dedica en concreto a la especie humana.

En él Weiner afirma que igual que el pájaro en cuestión encontró en su singular pico retorcido la adaptación que le ofreció la oportunidad de propagarse con contundente éxito, la expansión cerebral ha sido la principal y más reciente herramienta de los homosapiens para prosperar. El cerebro les ha permitido aprender y enseñar, ha facilitado que la información se codifique, acumule y transmita, generando una evolución cultural intensa y otorgando a esta especie una capacidad adaptativa tan vigorosa y versátil que la ha llevado incluso a transformar radicalmente el propio medio. La ciencia es parte de esa adaptabilidad biológica, explica Weiner (p. 453):

Como ha escrito el evolucionista Ernst Mayr, nos hemos “especializado en la desespecialización”. (…) … hemos desarrollado una extraordinaria capacidad de aprender, de modo que, como especie, colectivamente, podemos aprovecharnos de esa variedad de nichos, y seguimos encontrando más y más oficios. Ocupamos más nichos ecológicos y alimenticios que cualquier otro animal.

Ello es lo que nos permite proseguir con ese épico juego del aprendizaje que llamamos ciencia. La ciencia formaliza nuestra especial clase de memoria colectiva, o la memoria de la especie, en la que cada generación edifica sobre lo que aprendieron los que la precedieron, siguiendo los pasos del otro. Cada generación valora lo que puede aprender de la anterior, y también valora los descubrimientos que transmititirá a la siguiente, para de ese modo poder ver cada vez más lejos, escalando una montaña infinita. 

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(*)  Weiner, Jonathan. El pico del pinzón: una historia de la evolución en nuestros días. Barcelona: Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 2002.


“Piel digital”, de Juan Freire

7 enero 2009

He descubierto el blog de Juan Freire en Soitu.es, llamado Piel digital. De Juan Freire conocía su reciente y breve artículo en El profesional de la información, Redes sociales: ¿modelos organizativos o servicios digitales?, que me gustó mucho, la verdad, por dos razones: por las raíces hasta cierto punto naturalistas de su enfoque (al fin y al cabo, él es biólogo) y porque no viene a ser un publirreportaje de MySpace, Facebook y demás negocios 2.0.

Piel digital constituye también una lectura estimulante, ciertamente, y lo recomiendo a cualquiera. Trata sobre “lo digital”, así bastante en general: la cultura, la educación, la tecnología, la economía, el arte, la sociedad, las empresas, etc. Quede para otra ocasión comentar quizá algunos de los temas que trata en particular, muy interesantes,  como los cyborgs cognitivos, el comisariado digital, la educación informal, etc. Con algunas cosas estoy de acuerdo y con otras no.

Pero Piel digital lleva como lema o subtítulo “La tecnología nos hace humanos” y me parece que nada puede ser más contradictorio: la piel no nos puede hacer humanos. Es verdad que en la polifacética y casi enciclopédica proyección intelectual de Juan Freire también está el urbanismo y la arquitectura (publica en ADN otro blog: Ciudades enredadas). Y que, por lo que explica, bajo esa inspiración de los “espacios urbanos” ha elegido el título Piel digital. Pero yo creo que la biología ofrece claves (y metáforas) mucho más sólidas y fecundas para entender lo digital que el urbanismo.

Es muy cierto que la tecnología nos hace humanos, desde el momento en que el homosapiens surge fabricando y comunicándose sus “fabricaciones”. Pero no puede decirse que lo digital sea epidérmico y superficial (salvo en un sentido superficial), que nos circunde como un revestimiento o segunda piel, o como un simple ámbito o espacio en que nos movemos libremente… Lo digital es información, y es por tanto prolongación de lo neural y lo genético, de lo que nos constituye, no de lo que nos envuelve. Porque existimos y funcionamos como resultado de la información, de alguna clase, digital o no. Y otras perspectivas son ilusorias.

Por tanto, lo de la piel digital, es una imagen que me convence poco, que puede valer para el diseño urbano o el interiorismo, pero que difícilmente ayuda a comprender la evolución sociocultural. Al fin y al cabo la piel es un terminal bastante tonto del dispositivo neurológico y hasta como elemento de “relación” y de “percepción” resulta más bien rudimentario. O sea, que no me convence el título del blog, por muy interesante que sea su contenido.


Superando fronteras, 3.0 ya

26 diciembre 2008

Una de las maneras más típicas en que los homosapiens intentan ordenar el caos de sus sensaciones y organizar sus vidas o su historia es figurarse que atraviesan etapas, épocas, periodos, edades… Les encanta intentar entender el despliegue de los sucesos en el tiempo, individual o colectivamente, como un transcurrir de fases y momentos que siguen una secuencia lógica, racional.

Esto ha sido así al menos desde que se inventó el sentido de la historia, desde que se descubrió que las cosas no permanecen inmutables o se repiten circularmente y se empezó a imaginar que se encaminan entonces hacia algún fin, siguiendo un itinerario que casi siempre ha sido visto con optimismo, como de gradual mejora…

Pero en la visión del mundo ahora dominante esto se ha acentuado o acelerado bajo la influencia catalizadora de las TIC: cabalgamos hacia el futuro al galope, superando fronteras continuamente, conquistando nuevos territorios con frenesí. Siempre hacia adelante, proa al mañana, a favor de la corriente, quemando etapas, dejando atrás el pasado. Avanzando, inaugurando, pioneros, …

Todos los años, o todos los meses, o todos los días, se cierra una época y amanece un nuevo mundo, con sus retos, pero cargado de esperanza. Y siempre hay quien lo descubre, perspicaz, y lo da a conocer: se ha acabado la época de no se qué, entramos en la de no se cuál. Y entonces todos lo comprendemos todo mucho mejor. ¡Ah!, era eso, hemos superado otra frontera …

Afortunadamente, el progreso ayuda al progreso y la numeración de las versiones de los programas informáticos se aprovecha ahora para codificar secuencialmente las etapas de la cultura, la tecnología, la industria y la vida toda casi. Igual que la nueva release de cualquier programa tiene más prestaciones, es más potente y más fácil de manejar, así la civilización progresa en todas sus dimensiones, a impulso y semejanza del cambio tecnológico: inexorable y organizada.

Mucha fama tiene lo “2.0”, que vale para todo y es buenísimo en todos los casos, habiendo dejado obsoleto aquel viejo mundo “1.0”, al que ni siquiera llamábamos así. Lo que yo me pregunto, anhelante ya, después de tanto tiempo escuchando sobre lo “2.0”, es ¿cuándo vamos a pasar a lo “3.0”, que se me hace largo? ¿No va el asunto un poco demasiado despacio?


“El carnaval de la tecnociencia”

17 diciembre 2008
  • Lafuente, Antonio. 2007. El carnaval de la tecnociencia: Diario de una navegación entre las nuevas tecnologías y los nuevos patrimonios. Madrid: Gadir.

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Hace ya mucho tiempo, escribí una entrada sobre Tecnocidanos, el blog de Antonio Lafuente. El carnaval de la tecnociencia es un libro suyo que recoge parte de los contenidos del blog. Lo que entonces decía, expresado de una u otra manera, lo sigo pensando en buena medida ahora del libro.

Los textos de Antonio Lafuente son tremendamente interesantes, sugerentes e instructivos. Maneja y transmite miles de claves y referencias sobre autores, textos, noticias y datos… Ofrece una visión perspicaz de la ciencia, la cultura y la tecnología contemporáneas, reuniendo bajo un enfoque poliédrico diversos movimientos, tendencias y factores del presente. Su obra es comprometida y provocadora: expone sus ideas con entusiasmo contagioso (casi yo diría: del que uno envidiaría sentirse contagiado).

Con vehemencia militante, el blog y el libro defienden el procomún, la economía del don, lo abierto (open source, open access, etc.), la cultura hacker, la participación social en la ciencia, el saber profano, las nuevas formas de ciudadanía y autoridad… y combaten la privatización del conocimiento, la ciencia como negocio, las perversiones de la tecnociencia …

Lafuente tiene razón y comparto sus posturas de buena gana muchas veces. Pero el optimismo utópico o antropológico con que piensa que los homosapiens pueden valerse de la tecnología para hacer un mundo mejor, me pone algo nervioso (a lo peor es eso, envidia). Esa confianza en el poder emancipador de la tecnología rectamente encauzada por conciencias ilustradas/iluminadas…

Ahora, en todo caso, El carnaval de la tecnociencia es un libro (como Tecnocidanos un blog) que debe ser leído. Incluso por parte de los descreídos, por lo mucho que se puede aprender en él.

Una reseña importante de la obra en cuestión es de Javier Echeverría: Tecnociencia contemporánea: del conocimiento científico como bien común.