“Googléame”, de B. Cassin

19 abril 2009
  • Cassin, Barbara. Googléame: La segunda misión de los Estados Unidos. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2008.

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Los libros sobre Google casi son un género. Éste en concreto, traducido y publicado en Argentina, muy recomendable, es un examen desde el lado de la filosofía francesa. Barbara Cassin presenta al buscador como lo que pretende ser, el gran ordenador mundial de la información, desempeñando una misión de globalización estadounidense, destinada a poner orden en el caos. Una misión que se añadiría a la primera vocación de la gran potencia, combatir las fuerzas del mal.

La autora analiza críticamente la actividad de Google bajo sus dos lemas (organizar toda la información del mundo haciéndola accesible a todos y no ser malvado) y cuestiona su potencial para democratizar de verdad la cultura y el conocimiento. Según Cassin, en Google la calidad y la relevancia aparecen como propiedades emergentes de la cantidad (de enlaces), de manera automática y opaca, sin deliberación, crítica, ni consenso. La cultura y el conocimiento se reducen a mera información. Google revela y ordena toda la web con unas pretensiones que Cassin tacha de totalitarismo organicista, detentando un monopolio de facto en la red, propio de un Gran Hermano.

La conducta del buscador en la confidencialidad del correo electrónico, en sus relaciones con los poderes políticos (E.U.A., China), su multilingüismo superficial (diversos sabores y plato único), o sus ambiciones en la digitalización de libros, demuestran para Barbara Cassin que Google no es fiel al universalismo democrático que predica ni respeta una noción integral de la cultura. Google aparece como el gran mediador, mercader y calculador de las opiniones, más que de las verdades, a la altura de la sofística griega, pero carente de paideia.

“… Google es un campeón de la democracia cultural, pero sin cultura ni democracia. Porque no es un maestro ni en cultura (la información no es la paideia) ni en política (la democracia de los clics no es una democracia) (…) … Google es antidemocrático porque es profundamente estadounidense, sin darnos los medios de saberlo, de cuestionar su universalidad, de tal modo que estadounidense caiga por su propio peso como universal…”

  • La crítica de Cassin me parece en general atinada, pero expresada con la envoltura filosófica propia de la melancolía culturalista y humanista. Lo cierto es que, de hecho, la cultura no es más que información, por más que Google lo venga a poner de manifiesto al representar un gran paso en la industrialización de la información y en el desarrollo de una inteligencia compartida e intermedia, neurodigital. Y al patentizarlo empresarialmente.
  • La relevancia googleleana se inspira en la técnica de la citación científica, que extiende a toda la red, bien que de forma automática y, en efecto, “sin deliberación”. Pero tampoco el desarrollo de la ciencia es perfectamente racional y deliberativo… El problema es que estamos, de nuevo, simplemente, ante un caso de masiva industrialización informacional, que se contrapone a la artesanía y al arte del conocimiento y la educación, sin duda más cuidadosos. Google ejerce el poder de la simplificación.
  • La defensa del pluriculturalismo y la apuesta por lo francés o lo europeo, por parte de Cassin, deberían ir acompañadas de la contrición por la frecuente impotencia e incompetencia continentales frente a la globalización angloamericana.

“Technology matters”, de Nye

6 mayo 2008

Technology matters está escrito desde la perspectiva de un historiador que reflexiona sobre aspectos clave de la tecnología en el mundo actual a la luz de lo que le enseña el examen del pasado. Me ha parecido una obra muy sugestiva, y es interesante y adecuada para cualquier lector inquieto. Se plantea diez cuestiones polémicas que forman parte de las preocupaciones del presente: cómo se dirige la tecnología, determinismo y predictibilidad tecnológicas, evaluación social y mercado, sostenibilidad, diversidad cultural, seguridad, empleo y bienestar, impacto psicosocial, etc. Trata además estos temas de manera razonada y amena, incluyendo numerosos ejemplos de la historia reciente de la tecnología, que hacen entretenida la lectura.

Nye no da respuestas claras a todas las preguntas que plantea, le parecen cuestiones con las que convivir. Pero sus consideraciones me resultan en general sensatas. Por supuesto, estoy de acuerdo con la tesis general de que la tecnología importa, y que a la sociedad humana le interesaría dilucidar mejor cómo habérselas con ella. De especial interés son las observaciones acerca de la necesidad de introducir mediaciones reflexivas y deliberativas (mecanismos de participación, representación, evaluación, etc.) en el desarrollo social de la tecnología, asunto en el que entronca con otra mucha bibliografía (Entre ingenieros y ciudadanos). 

No obstante, frente a la abundancia de ejemplificación, faltan modelos explicativos y conceptualización. Así, la tecnología aparece demasiado poco definida desde el punto de vista evolutivo y de la ecología humana como para sacar conclusiones y encontrar certezas. Y yo enfriaría un poco el cálido optimismo antropológico que rezuma en consecuencia toda la obra.

Nye insiste, por ejemplo, una y otra vez en que toda tecnología es una construcción social, por lo que en definitiva es la sociedad, de una u otra forma, la que selecciona y modela las tecnologías y por tanto define y decide, mejor o peor, su desenvolvimiento material. Por tanto, no sería la tecnología la que conforma inexorablemente nuestras vidas, para bien o para mal, sino más bien al revés. 

Dejando aparte la peculiar guerra de los historiadores con la causalidad (o dilema del huevo y la gallina), el mismo Nye viene a reconocer que cuando una tecnología adquiere “momento”, inercia suficiente al aplicarse en la realidad, sí es ya determinante. Así que, por el mismo precio, diríamos que toda sociedad es una construcción tecnológica. Y de hecho lo decimos: las sociedades neolíticas surgen de la tecnología agropecuaria, etc. Y desde luego toda sociedad es resultado y efecto de los procesos de interacción comunicativa basados en las tecnologías del lenguaje (escritura y demás TIC).

En mi opinión, el problema es que, en su lucha contra el determinismo tecnológico, Nye, como muchos pensadores, confunde CONTINGENCIA (los sucesos no están predeterminados) o EMERGENCIA (lo complejo surge de lo simple) de los grandes sistemas (sociales en este caso) con AGENCIA (acción intencional de un sujeto), e incluso con PROVIDENCIA (diseño y tutela de los procesos por un agente exterior).

Por muy políticamente movilizadoras (o ¡tranquilizadoras!) que sean tales confusiones (una apelación optimista a que “el futuro está en nuestras manos”), son escasamente útiles para establecer cómo funcionan en realidad las cosas, lo que me parece muy necesario (saber la verdad) incluso para formular un programa de acción


“Telépolis y el Tercer Entorno”

11 septiembre 2007

Entre los estudios y ensayos sobre la repercusión social de las nuevas TIC, Los señores del aire es ya un clásico. Creo que la interpretación de Javier Echeverría, autor al que yo recurro con frecuencia, ha ejercido una gran influencia en la percepción general sobre la sociedad de la información. Es una reflexión ordenada y rigurosa, conceptualmente penetrante, elaborada desde una valoración independiente y analítica de la tecnología y del cambio social.

Los señores del aire estudia el nuevo marco de interacción humana que surge con las TIC: lo que Echeverría llama el Tercer Entorno (E3), que sería un nuevo espacio social diferente al entorno natural (E1) y al entorno urbano-industrial (E2). La obra también incluye elementos de crítica y reforma social, propuestas para humanizar y democratizar los nuevos escenarios, hasta ahora sumidos en el neofeudalismo, con el fin de constituir una ciudad global, Telépolis.

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Se me ocurren algunos comentarios:

1)  Del valor clásico y rigor intelectual de la obra es testigo su buena resistencia al trepidante cambio de las coyunturas tecnológicas desde su publicación ¡en 1999! Incluso, muchas modas posteriores (My Space, Second Life, los avatares…) tienen bastante que ver con los conceptos de Echeverría.

2)  La secuencia E1, E2, E3 recuerda a una lógica o filosofía de la historia, a fases o momentos en la evolución o despliegue del Espíritu, pero hay que reconocer que en manos del autor representa una herramienta de análisis filosófico potente y bien trabada.

3)  Se echa de menos una hipótesis explicativa solvente sobre los mecanismos causales, o el sustrato, del surgimiento de los diferentes entornos y especialmente de E3; el por qué de las cosas. El autor no descarta una visión antropocéntrica, por la que el origen de los sucesivos entornos estaría en la acción humana.

4)  Echeverría insiste además en considerar que lo sobrevenido como resultado de las nuevas TIC (E3) es básicamente un espacio social, un marco espacio-temporal para la interrelación de los homosapiens, que no se reduce a un medio informacional.

  • Es legítimo, pero manifiesta que Echeverría aborda su análisis en clave antropológica, culturalista, aunque podría hacerlo desde una perspectiva ontológica y científica más general.
  • ¿Por qué le parece poco a Echeverría que el Tercer Entorno sea un nuevo segmento de realidad material (electrónica) densamente informacional, simplemente informacional? Que se pueda actuar por su mediación en otros entornos no le resta carácter informacional.
  • A mí me parece más bien que el carácter informacional del Tercer Entorno (o como se le quiera llamar) es algo más general y más básico que su dimensión social o su función antrópica, porque la información es común a toda la naturaleza y al universo entero.

Lo admirable de Leibniz

7 septiembre 2007

Quizás visto a veces como un alemán barroco y oscuro, o conocido tontamente por su optimismo, Gottfried W. Leibniz (Leipzig, 1646 – Hannover, 1716) fue una mente poderosa y global, que ha aportado una ayuda enorme en el inevitable y trabajoso desvelamiento de la realidad por parte de los homosapiens. Creo que, como el propio artículo de la Wikipedia aquí enlazado pone bien de manifiesto, Leibniz ha dejado mucho de útil, admirable o ejemplar:

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  • Su pretensión de comprender el mundo y de alcanzar sobre el mismo una visión pluralista, pero coherente, integrada y racional, alejada del dualismo (cartesiano, por ejemplo).
  • Su peculiar, sorprendente y vigorosa concepción de que de algún modo la lógica de lo posible condiciona y da forma a la realidad efectiva.
  • La noción de que las sustancias evolucionan desplegando o ejecutando el programa que es característico de su naturaleza, que está inscrito en ellas.
  • Su sensibilidad y preocupación acerca de la lógica, el lenguaje, la semiótica y, en definitiva, de la información, sus estructuras, dinámicas, mecanismos y signos.
  • La amplitud de sus intereses, la variedad de sus trabajos y estudios, en todas las ramas de la ciencia, la tecnología, las humanidades y el pensamiento.
  • Su internacionalismo, su espíritu universal y abierto, su capacidad de relacionarse con numerosos intelectuales de primer nivel de todos los países, de edificar comunidades de sabios.

La tecnología y Prometeo

26 julio 2007
  • Scruton, Roger (2007). The trouble with knowledge. Technology review, May/June, 110(3). 

Roger Scruton, un filósofo británico de filiación conservadora, escribe en este artículo sobre la relación entre la naturaleza humana y la tecnología y sobre las implicaciones morales de dicha relación, contraponiendo la moral del Yo a la del Nosotros, y la hybris a la piedad o al taboo. En su discusión invoca paradigmas literarios como Brave new world de Aldoux Huxley y Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley.

Scruton sostiene que las tecnologías que alteran radicalmente la naturaleza humana, como la biotecnología y la biomedicina, parecen romper con las categorías y principios morales, los puntos fijos desde los que se juzga y valora, que están vinculados a dicha naturaleza humana, antaño algo estable. ¿Podría esto llegar a impedir distinguir el bien del mal, al disolverse los criterios desde los que se practica el razonamiento moral? Scruton cree que no, que la libertad es el único punto fijo de la naturaleza humana, y que a pesar de los riesgos, incluso en un futuro posthumano, permanecerá la libertad individual de elegir y tomar decisiones responsables, conscientes y razonadas, y por tanto morales.

Después de leer este espaldarazo conservador a la tecnología, a mí se me ocurre lo siguiente:

  • La idea de que el rápido e intenso cambio tecnológico desborda la capacidad social de ordenar y regular las conductas y la convivencia es antigua, y resulta una evidencia que flota en el ambiente.
  • La naturaleza humana existe, pero más que un punto fijo, es plástica y cambiante, una mezcla de artificio y biología (un ciborg), así que las mutaciones morales son naturales, aunque es cierto que ahora se aceleran.
  • De la experiencia subjetiva de la libertad de elección no se puede deducir como propiedad emergente, de la sociedad o de la especie, la libertad colectiva para decidir o dirigir conscientemente el progreso, la evolución o la tecnología.
  • Por la configuración biológica de su sistema neuronal, los homosapiens son animales informacionales, abocados a que el conocimiento se produzca y se propague en ellos, y por tanto no pueden escapar a su destino prometeico (o frankensteiniano).

“La revolución tecnocientífica”

15 abril 2007
  • Echeverría, Javier. La revolución tecnocientífica. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 2003.

Javier Echeverría hace en La revolución tecnocientífica una caracterización general de la tecnociencia, una práctica científico-tecnológica aparecida en los años 80 del pasado siglo y cuyo precedente es la macrociencia (big science) que surgió tras la segunda Guerra Mundial. Nos introduce además al estudio sistemático de la tecnociencia desde el punto de vista axiológico, o sea, de los sistemas (y conflictos) de valores que rigen su desarrollo.

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Para sus análisis, Echeverría se fija en la evolución de la ciencia y la tecnología en los EUA desde 1940 a nuestros días y en la propagación a otros países de los modelos de práctica investigadora instaurados allí. La obra resulta muy interesante, para empezar, porque ayuda a comprender la situación actual de España y Europa, y de todo el mundo en realidad, en lo que se refiere a investigación, desarrollo e innovación.

La tecnociencia, según Echeverría, surge de un cambio profundo en la estructura de la actividad científica, pero no por una revolución metodológica o epistemológica (Kuhn), sino por una modificación de la manera en que se practica la investigación y se gestiona el conocimiento. La tecnociencia es una nueva modalidad de actividad científico-técnica que queda institucionalizada como fuerza productiva fundamental y característica de la sociedad de la información y el conocimiento.

La revolución tecnocientífica se sitúa en la perspectiva de los estudios CTS (Ciencia-Tecnología-Sociedad) y, a mi modo de ver, está casi más cerca de la sociología que de la filosofía de la ciencia, aunque su autor insiste en la importancia de su enfoque axiológico como aportación genuina de la filosofía a los estudios sociales de la ciencia. Desde luego, Echeverría denuncia abiertamente la inadecuación de la filosofía de la ciencia tradicional para entender la tecnociencia.

El autor analiza con inteligencia la evolución reciente de la ciencia y la tecnología aportando conceptos claros e interpretaciones fecundas, pero sin hacer filosofía o lógica de la Historia. Respeta la realidad de lo sucedido y su complejidad. No llega a caer en la prestidigitación histórico-filosófica de convertir “macrociencia” o “tecnociencia” en esencias ideales, sino que se mantiene con habilidad en el filo de lo filosóficamente interesante y lo históricamente cierto. Para ello, analiza muchos ejemplos de casos reales.

La revolución tecnocientífica ayuda a ver la realidad sin los velos del idealismo humanista o de la propaganda político-empresarial. Pero Echeverría y su libro se caracterizan por una gran ecuanimidad y rigor en los análisis. Desenmascaran la realidad sin el más mínimo asomo de panfletarismo, con la serenidad y objetividad de la mejor ciencia de la ciencia, de una forma analítica, precisa y profunda.

Vamos, que me ha gustado mucho.


“Entre ingenieros y ciudadanos”

21 marzo 2007
  • Broncano, Fernando. Entre ingenieros y ciudadanos: filosofía de la técnica para días de democracia. Barcelona: Montesinos, 2006.

Entre ingenieros y ciudadanos es un ensayo de filosofía de la técnica. Por tal entiende su autor una rama especial de la filosofía de la acción, en la que ésta tiene una estructura intencional compleja, con un sujeto colectivo y heterogéneo. Es decir, Broncano sitúa la técnica entre las acciones intencionales.

El problema último sobre el que Broncano pretende arrojar luz es el de la tensa relación entre política democrática y desarrollo tecnológico, ciudadanos e ingenieros: praxis y techne, con categorías clásicas. Busca aclarar cómo aproximarnos al ideal de una ciencia y una técnica bien ordenadas en una sociedad bien ordenada; busca la armonía.

Broncano entiende que los ciudadanos y ciudades son realmente desde el origen seres tecno-naturales, híbridos de biología y técnica, ciborgs sustentados sobre sistemas de computación de la información (la memoria y comunicación humanas). Afirma que, puesto que la técnica supone control y planeamiento, requiere responsabilidad, como cualquier acción intencional. Sobre estas bases, cree pensable y posible el control público y deliberativo de la tecnología, contando con la implicación responsable de los ingenieros en un ágora ampliada, en una asamblea capaz de armonizar el voto ciudadano inspirado en el sentido de la justicia y el consejo experto basado en el conocimiento y la técnica.

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Entre ingenieros y ciudadanos me parece inteligente e interesante. Ofrece, además de reflexiones valiosas, una perspectiva práctica y fundamentos saludables para afrontar políticamente la ciencia y la tecnología: cómo debe ser nuestra actuación, cómo enfocar nuestra acción, nuestras decisiones, la praxis. Aboca a una filosofía política de la ciencia y la técnica, casi a un programa.

Sin embargo, creo que en cuanto a la evolución real y global de los sistemas socioculturales, las cosas no funcionan así. Creo que el mundo artificial no es el resultado de la planificación libre y responsable. Que la noción de acción intencional es demasiado parecida a la de diseño inteligente. Que la cultura y la tecnología son resultado de procesos y dinámicas informacionales no finalistas, no conscientes, no controladas ni planeadas. Que, además, la parte de biología del ciborg homosapiens impone sus decretos en forma de dinámicas ecológicas de supervivencia y acaparamiento de recursos (mercado…) Que no vale el determinismo, pero tampoco el finalismo.

Fernando Broncano, que sabe de todo esto, y su libro, que me merece admiración y respeto por sí mismo y además por ser la obra de un maestro mío, me suscitan una dolorosa pregunta, sin respuesta: ¿cuánto hemos de imaginar que las cosas no son como son para afrontar, soportar o transcender la brutalidad de lo real?