Pedagogía y práctica científica

5 julio 2009

Pedagogy and the practice of science reclama para la educación o formación de los investigadores un papel primordial en la conformación de las prácticas, los valores y los contenidos de la ciencia: las formas de enseñanza científica condicionan cómo es la ciencia. Por tanto, la pedagogía debe tener también un puesto central entre los demás tipos de estudios sobre la ciencia (sociología, filosofía, antropología…) Ante lo que ha sido según los autores un tradicional olvido, la pedagogía es vital para el análisis de la naturaleza e historia del conocimiento científico..

Con el propósito de demostrarlo, la obra incluye un conjunto de once estudios de casos históricos, relacionados con la Fïsica, la Química y las Matemáticas de los siglos XIX y XX. Y termina con un capítulo que apela a Kuhn y a Foucault para justificar una epistemología y una historia pedagógicas de la ciencia y la tecnología, que destaque el poder conformador de la educación para generar los sujetos de conocimiento.

Según los autores, en la enseñanza de la ciencia se aprenden las prácticas y destrezas para la investigación, pero también las normas, valores y pautas… Se aprende a ser un científico, se adquieren unos roles determinados, se realiza la socialización generacional dentro de una profesión. Los compromisos y capacidades de las comunidades científicas son así estructurados en los procesos educativos…

No cabe duda que los autores de Pedagogy and the practice of science pueden tener razón en que la educación de los científicos es una importante fuerza modeladora de la ciencia de cada época, lo que les acredita para reclamar un lugar al sol para la pedagogía entre los demás estudios sociales de la ciencia.

Pero no está tan clara la transcendencia de todo ello, más allá de subrayar la construcción comunitaria de la ciencia. En los relatos históricos y sociales siempre se pueden encontrar más causas y concausas de lo que sucede, y con el dinámico fluir de los acontecimientos no resulta extraño. Pero nunca hay certeza de si la prioridad es del huevo o de la gallina. Porque, con seguridad, las formas en que se ha enseñado la ciencia a lo largo del tiempo también han dependido de cómo era la práctica científica en cada momento.

(La raíz común de todo, desde las partículas físicas a la computación artificial, pasando por la historia natural o social, la educación o la ciencia, es la información; el sujeto es la información, y se estudia desde la ciencia natural).


Superando fronteras, 3.0 ya

26 diciembre 2008

Una de las maneras más típicas en que los homosapiens intentan ordenar el caos de sus sensaciones y organizar sus vidas o su historia es figurarse que atraviesan etapas, épocas, periodos, edades… Les encanta intentar entender el despliegue de los sucesos en el tiempo, individual o colectivamente, como un transcurrir de fases y momentos que siguen una secuencia lógica, racional.

Esto ha sido así al menos desde que se inventó el sentido de la historia, desde que se descubrió que las cosas no permanecen inmutables o se repiten circularmente y se empezó a imaginar que se encaminan entonces hacia algún fin, siguiendo un itinerario que casi siempre ha sido visto con optimismo, como de gradual mejora…

Pero en la visión del mundo ahora dominante esto se ha acentuado o acelerado bajo la influencia catalizadora de las TIC: cabalgamos hacia el futuro al galope, superando fronteras continuamente, conquistando nuevos territorios con frenesí. Siempre hacia adelante, proa al mañana, a favor de la corriente, quemando etapas, dejando atrás el pasado. Avanzando, inaugurando, pioneros, …

Todos los años, o todos los meses, o todos los días, se cierra una época y amanece un nuevo mundo, con sus retos, pero cargado de esperanza. Y siempre hay quien lo descubre, perspicaz, y lo da a conocer: se ha acabado la época de no se qué, entramos en la de no se cuál. Y entonces todos lo comprendemos todo mucho mejor. ¡Ah!, era eso, hemos superado otra frontera …

Afortunadamente, el progreso ayuda al progreso y la numeración de las versiones de los programas informáticos se aprovecha ahora para codificar secuencialmente las etapas de la cultura, la tecnología, la industria y la vida toda casi. Igual que la nueva release de cualquier programa tiene más prestaciones, es más potente y más fácil de manejar, así la civilización progresa en todas sus dimensiones, a impulso y semejanza del cambio tecnológico: inexorable y organizada.

Mucha fama tiene lo “2.0”, que vale para todo y es buenísimo en todos los casos, habiendo dejado obsoleto aquel viejo mundo “1.0”, al que ni siquiera llamábamos así. Lo que yo me pregunto, anhelante ya, después de tanto tiempo escuchando sobre lo “2.0”, es ¿cuándo vamos a pasar a lo “3.0”, que se me hace largo? ¿No va el asunto un poco demasiado despacio?


Galileo no fue el primero

25 agosto 2008

Entre las supersticiones que acompañan a la ciencia, de las que no consigue desembarazarse, está el mito sobre sus orígenes: un mito creacionista, según el cual el Espíritu humano (o alguna encarnación suya) creó de la nada la Ciencia en el Renacimiento, algo sin precedentes, nunca visto.

Como en una antigua cosmogonía, este mito cuenta cómo hubo un Primer Hombre que descubrió el infalible Método Científico, instaurando en medio de las tinieblas el Reino de la Claridad, y pasó la luz sagrada a sus sucesores. El Primer Hombre generalmente es Galileo, aunque en otras versiones del mito puede ser Copérnico o incluso Newton. O tal vez es un colectivo de Pioneros el que inauguró para siempre el camino seguro a la Verdad, del que los seguidores ya nunca se apartaron. De épocas anteriores al santo advenimiento se salvan como mucho Euclides, Arquímedes y algún otro, en calidad sólo de admirables Precursores. Queda todo lo demás señalado como “especulación filosófica” o con similares etiquetas.

Toda profesión o grupo humano tiene sus héroes. Un poco de mitomanía es normal y hasta sano para la moral colectiva. Honrar a los santos patrones es una buena costumbre de gremios agradecidos, y Galileo lo merece. Pero otra cosa es creer un conjunto de leyendas que constituyen una visión anticientífica sobre la propia ciencia.

Sin embargo, es frecuente entre divulgadores y propagandistas de la ciencia, incluso autores serios y reputados, y por supuesto entre muchos científicos de a pie y de a caballo, confiar más o menos en estos mitos. Cultivadas personas que no creerían en el influjo de los dioses sobre las leyes naturales, o en los malos espíritus que se apoderan del cuerpo mórbido, se imaginan que una singularidad espiritual aconteció el el XVI, o en el XVII, por generación espontánea.

Una visión racional de la ciencia debería reconocer que ésta forma parte del patrimonio informacional transmitido culturalmente, no heredado en los genes, con que los individuos de la especie Homo sapiens se enfrentan y responden al medio. Como parte de ese patrimonio, la ciencia es difícil de segregar del conjunto; desde que ha habido homosapiens han existido representaciones del mundo cada vez más atinadas y fiables.

Es difícil, por tanto, establecer un origen temporal o una demarcación lógica de la ciencia, aunque sea razonable identificar como tal a aquel segmento del patrimonio informacional de los homosapiens que describe la realidad y lo hace de manera más precisa, rigurosa, eficiente, progresiva, crítica y objetiva. O sea, al sector de información culturalmente transmitida que representa el mundo y que más se ha depurado, decantado y perfeccionado lo llamamos ciencia.

La información científica en los homosapiens ha progresado a través de muchos cerebros, algunos excepcionales sin duda, y a lo largo de todas las épocas y sociedades, aunque en ciertas ocasiones de forma extraordinaria, desde luego. Pero se ha desarrollado continuamente, coincidiendo los mayores saltos con los grandes avances en materia de técnicas de registro y transmisión de la información, como es natural (la imprenta, la escritura fonética, las grandes bibliotecas, etc.)


“Technology matters”, de Nye

6 mayo 2008

Technology matters está escrito desde la perspectiva de un historiador que reflexiona sobre aspectos clave de la tecnología en el mundo actual a la luz de lo que le enseña el examen del pasado. Me ha parecido una obra muy sugestiva, y es interesante y adecuada para cualquier lector inquieto. Se plantea diez cuestiones polémicas que forman parte de las preocupaciones del presente: cómo se dirige la tecnología, determinismo y predictibilidad tecnológicas, evaluación social y mercado, sostenibilidad, diversidad cultural, seguridad, empleo y bienestar, impacto psicosocial, etc. Trata además estos temas de manera razonada y amena, incluyendo numerosos ejemplos de la historia reciente de la tecnología, que hacen entretenida la lectura.

Nye no da respuestas claras a todas las preguntas que plantea, le parecen cuestiones con las que convivir. Pero sus consideraciones me resultan en general sensatas. Por supuesto, estoy de acuerdo con la tesis general de que la tecnología importa, y que a la sociedad humana le interesaría dilucidar mejor cómo habérselas con ella. De especial interés son las observaciones acerca de la necesidad de introducir mediaciones reflexivas y deliberativas (mecanismos de participación, representación, evaluación, etc.) en el desarrollo social de la tecnología, asunto en el que entronca con otra mucha bibliografía (Entre ingenieros y ciudadanos). 

No obstante, frente a la abundancia de ejemplificación, faltan modelos explicativos y conceptualización. Así, la tecnología aparece demasiado poco definida desde el punto de vista evolutivo y de la ecología humana como para sacar conclusiones y encontrar certezas. Y yo enfriaría un poco el cálido optimismo antropológico que rezuma en consecuencia toda la obra.

Nye insiste, por ejemplo, una y otra vez en que toda tecnología es una construcción social, por lo que en definitiva es la sociedad, de una u otra forma, la que selecciona y modela las tecnologías y por tanto define y decide, mejor o peor, su desenvolvimiento material. Por tanto, no sería la tecnología la que conforma inexorablemente nuestras vidas, para bien o para mal, sino más bien al revés. 

Dejando aparte la peculiar guerra de los historiadores con la causalidad (o dilema del huevo y la gallina), el mismo Nye viene a reconocer que cuando una tecnología adquiere “momento”, inercia suficiente al aplicarse en la realidad, sí es ya determinante. Así que, por el mismo precio, diríamos que toda sociedad es una construcción tecnológica. Y de hecho lo decimos: las sociedades neolíticas surgen de la tecnología agropecuaria, etc. Y desde luego toda sociedad es resultado y efecto de los procesos de interacción comunicativa basados en las tecnologías del lenguaje (escritura y demás TIC).

En mi opinión, el problema es que, en su lucha contra el determinismo tecnológico, Nye, como muchos pensadores, confunde CONTINGENCIA (los sucesos no están predeterminados) o EMERGENCIA (lo complejo surge de lo simple) de los grandes sistemas (sociales en este caso) con AGENCIA (acción intencional de un sujeto), e incluso con PROVIDENCIA (diseño y tutela de los procesos por un agente exterior).

Por muy políticamente movilizadoras (o ¡tranquilizadoras!) que sean tales confusiones (una apelación optimista a que “el futuro está en nuestras manos”), son escasamente útiles para establecer cómo funcionan en realidad las cosas, lo que me parece muy necesario (saber la verdad) incluso para formular un programa de acción


La ciencia durante el Gótico

29 abril 2008

En un artículo reciente de Nature (*), Philip Ball presenta y anticipa algunas de las conclusiones de su inminente libro, Universe of Stone: Chartres Cathedral and the Triumph of Medieval Mind (**), que también anuncia en su página web. En él descubre a quienes lo desconocieran que los principios de la racionalidad científica europea característicos de la época barroca no están ausentes en tiempos ya del Gótico, desde el siglo XIII, y que por tanto no sólo estuvieron aisladamente prefigurados en la ciencia grecolatina.

Catedral de Chartres, por Atlant, Wikimedia Commons

Catedral de Chartres, por Atlant, Wikimedia Commons

En Universe of Stone, Philip Ball estudia el origen y desarrollo del Gótico a través de la Catedral de Chartres, icono del estilo y ejemplo de la nueva época. Su arquitectura se caracteriza por enormes estructuras jerárquicas basadas en la simetría y la proporción, pura racionalidad en piedra y cristal que parece reflejar confianza en el orden cósmico: la organización y geometría de la construcción corresponde a la creencia en un universo armonioso, ordenado y previsible. Es un desarrollo técnico e intelectual que rompe con la tradición, que expresa una diferente visión de Dios, del mundo y del hombre.

Según Philip Ball, la recuperación de textos clásicos griegos a través del mundo árabe en las décadas anteriores (gracias en buena medida a las relaciones culturales en la España cristiano-musulmana, añado) revitalizó el pensamiento europeo, provocó un renacimiento. Se abrió paso una Razón con cierta autonomía de la Fe, y se consolidó la noción de un universo gobernado por leyes accesibles a la comprensión humana, precondición de la ciencia. No sin oposición, controversias y condenas, muchos eruditos desarrollaron un talante inquisitivo y racionalista, y miraron e investigaron la naturaleza como un perfecto mecanismo creado por Dios para funcionar regularmente, sin su intervención constante. Así sucedió en la propia Escuela de Chartres, y después a lo largo de toda la época gótica (Alberto Magno, Roger Bacon, Buridan, Oresme, etc.)

No he leído el libro, pero me parece muy interesante que insista en combatir el resistente tópico de que antes del Renacimiento era el caos y las tinieblas y desde Galileo triunfó esplendorosa la luz de la Razón. Está bien que de a conocer en muchos sectores donde reina un adanismo ignorante que los medievales no eran unos supersticiosos necios. Está bien criticar todas las supersticiones.

El “espíritu científico” no da saltos, aunque haya habido épocas más y menos propicias o exitosas en los procesos de depuración y decantación de la información sobre la realidad. Las discontinuidades dependen sobre todo de los medios técnicos, tecnológicos y documentales con los que el conocimiento científico se produce y reproduce: el alfabeto fonético griego, las bibliotecas helenísticas, la imprenta, etc. En la época gótica es la recuperación de los textos clásicos traducidos del árabe lo que da un impulso a la generación de información científica.

(*)  Ball, Philip. Triumph of the medieval mind. Nature, 452(7189):816-818

(**)  Ball, Philip. Universe of Stone: Chartres Cathedral and the Triumph of the Medieval Mind. Bodley Head, 2008.


La escritura y la ciencia

11 noviembre 2007

La escritura modificó sustancialmente las técnicas cognoscitivas y el procesamiento de la información (…) La difusión de la idea de la escritura hubo de adaptarse a las características de las diferentes lenguas. El griego era una lengua flexional que no se codificaba bien en un sistema logográfico, por lo que se diseñó un sistema fonético de vocales y consonantes a partir de los signos silábicos fenicios. Al llevar el análisis del habla de los morfemas a los fonemas, un par de docenas de signos basta para codificar el lenguaje natural. Consiguientemente, los niños griegos tardaban en aprender a leer y escribir lo mismo que los nuestros. Esta peculiaridad del sistema griego de escritura tuvo consecuencias importantes sobre la extensión potencial de la alfabetización y la cultura escrita, que no estaban ligadas de modo indisoluble a una casta administrativa y sacerdotal [Mesopotamia, Egipto]. Cualquier ciudadano del margen de la sociedad podía acceder al saber acumulado y poner por escrito sus dudas escépticas y sus ideas innovadoras (…) La facilidad del aprendizaje de la escritura en el sistema alfabético griego sacó a los letrados del contexto institucional y funcionarial, cuando no sacerdotal, del Estado, permitiendo el registro y acumulación del escepticismo y la crítica a los saberes tradicionales no menos que a los recientemente propuestos. 

Solís, C.; Sellés, M. Historia de la ciencia. Madrid: Espasa, 2007, pág. 22-23, 60.

La aparición de la escritura y en particular el éxito de la escritura fonética, no en vano en Grecia, es otro elemento que demuestra la importancia de los medios y las técnicas en virtud de las cuales la neuroinformación humana se reproduce, procesa y comunica, generando (re)organización sociocultural y cualificándose también en una parte como conocimiento crecientemente fiable, llamado ciencia.

El surgimiento de la técnica de la escritura se suma, pues, a la aparición del lenguaje, de la imprenta, de la electrónica, o de otras herramientas e instrumentos menores que han sido decisivos en el desarrollo informacional y cognoscitivo del que resulta la evolución sociocultural de los homosapiens.

Igual que antes del lenguaje dudosamente había conocimiento ni homosapiens, la escritura comporta la aparición de un saber sin precedentes, la escritura fonética marca la diferencia griega con la ciencia registrada en tablillas y jeroglíficos, la acumulación bibliotecaria de los rollos alejandrinos está en la base de la ciencia helenística y la imprenta en el origen de la ciencia moderna. Y así sucesivamente. Y la electrónica, ya veremos lo que trae consigo; o ya lo estamos viendo, pero no es fácil delinearlo aún con perspectiva.


Propiedad intelectual en crisis

14 septiembre 2007

La propiedad intelectual nació, como se sabe, del mundo de la imprenta y de la Modernidad, lo que ya he anotado en otra entrada. No es extraño, pues, que estemos ante una crisis de la propiedad intelectual, porque es una institución un tanto anacrónica. Lo mismo que sucede al matrimonio, a los dedos del pie humano y a otros muchos órganos y formas aparecidas a lo largo de la evolución biológica o sociocultural, que la propiedad intelectual pierda su función original no quiere decir que desaparezca: puede sobrevivir atrofiada, o asumir nuevos roles… Pero atraviesa una seria crisis, a pesar del volumen de la industria de los contenidos.

La propiedad intelectual ha sido una institución típica de una época en que la propagación de información por medios industriales, con la imprenta, se intensificó respecto a la situación anterior, de parsimonia manuscrita y tradición oral. Pero no es ya tan funcional en un ambiente en que la replicación de la información se acelera exponencialmente, con la electrónica.

Digamos que la propiedad intelectual funcionó bien en un rango de velocidades intermedias de proliferación de la información, y, además, anclada en otras características estructurales del periodo moderno:

  • Frente a la idealización del antiguo texto original, precariamente representado en manuscritos escasos y perecederos, o frente a la liquidez evanescente de los bits actuales, la industrialización del conocimiento con la imprenta trajo consigo su cosificación en forma de objetos tangibles, testigos contundentes y repetidos de la creación intelectual.
  • La auctoritas medieval fue reemplazada por el autor como creador personal, contemporáneo, conocido y reconocido, con su nombre reiteradamente grabado en portada de los libros.
  • La prevalencia del antropocentrismo como eje cultural de la dinámica moderna, frente al teocentrismo medieval, hizo emerger al hombre como sujeto, que conoce, domina, recrea el mundo y es dueño de sus creaciones.
  • Apareció el individuo, que se emancipó como ciudadano, titular de los derechos de propiedad a que por mérito o capacidad se hiciera acreedor, y trasunto del ascenso social de la burguesía.
  • Predominó la individualización del creador, como resultado de su labor esforzada y casi solitaria, frente al anonimato medieval o a la comunitarización actual de las empresas intelectuales, a veces incluso basadas en la potencia replicadora de las nuevas TIC o en la inteligencia delegada en la Red.
  • Protegiendo al creador individual, se buscaba la promoción pública del conocimiento social, lo que no preocupaba en el Medievo, ni está claro cómo se deba hacer en nuestros días.

Porque, ahora, ¿ cómo sostener la propiedad de ideas cultivadas casi colectivamente, que germinan sobre máquinas informacionales y no dan como fruto objetos materiales ? Quedarían, quizá, como formas de dominio intelectual más sólido, el secreto y la patente, que es el registro deliberado de la novedad para reservarse el derecho de explotación, y donde el dominio no está conectado directamente a la mera creación, sino al acto de reivindicar.