Alfabetización informacional no

25 febrero 2009

Comprendo perfectamente que es una batalla perdida, la del término alfabetización informacional“. Pero alguien debió haber dicho alguna vez que las batallas perdidas son las que más merecen la pena (aunque en este caso quizá tampoco sea para tanto, en fin).

El concepto dealfabetización informacional“, sólidamente anclado en el acrónimo ALFIN, me parece inadecuado e inoportuno por las siguientes razones:

  1. La información, lo informativo y lo informacional son asuntos demasiado generales y complejos, demasiado básicos, transversales y penetrantes, demasiado fundamentales y envolventes, como para ser sometidos a un proceso drásticamente alfabetizador.
  2. Todo tiene que ver con la decodificación y codificación inteligentes de información mediante las TICs, pero intervienen y se mezclan muchas capacidades y aptitudes: tecnológicas, intelectuales, metodológicas, mediáticas: un entramado heterogéneo y fluido de disposiciones y facultades susceptibles de ser cultivadas, pero difíciles de “alfabetizar”.
  3. Incluso intentando ceñirnos a lo nuclear, es algo demasiado difuso e inconcreto como para denominarse alfabetización: no estamos ante un claro, inequívoco y cerrado catálogo de habilidades o destrezas, por muchas definiciones o estándares instrumentales que se establezcan ad hoc para caracterizarla. Podemos representarnos a alguien que sabe leer y escribir o que sabe conducir, pero no a alguien que sabe informarse.
  4. Ni siquiera se trata sólo de habilidades, destrezas y competencias, puesto que también deben entrar en juego actitudes, valores y principios, formación de hábitos y asunción de reglas e implicaciones sociales, lo que hace que el término alfabetización sea reduccionista y escaso.
  5. Alfabetización suena en castellano, inevitablemente, a impartir o adquirir los rudimentos de las letras: una capacidad técnico-instrumental, por muchas consecuencias cognitivas o sociales que tenga. Lo que se plantea ahora es un entrenamiento para la complejidad, orientado a preparar a los individuos para usar información masiva de manera inteligente, reflexiva y crítica.
  6. Alfabetización traduce literacy por lo que se refiere a la acción, pero no al efecto, para el que es más adecuado y exacto el término competencia, aunque resulte también demasiado restrictivo.

En su lugar, debería hablarse de educación informacional, que es un concepto menos estrambótico, más rico y complejo y por tanto más adecuado para lo que estamos describiendo: una formación integral en un sector relevante de la vida de los individuos, cuya problemática ha surgido como consecuencia de los cambios sociales y tecnológicos. Un término, por lo demás, formalmente equiparable a los de educación ambiental, educación sexual, educación vial, educación cívica, etc.

La educación informacional está de moda e incorpora no poca parafernalia y grandilocuencia pedagógica. Pero se trata, en realidad, incluso con cierta modestia, de una preparación o educación para la sociedad de la información. O un intento, también, según se mire, de preservar la educación en la sociedad de la información.


El empuje de la vida

23 febrero 2009

Aubrey de Grey es al parecer un famoso y polémico biólogo experto en envejecimiento, convencido de que es técnicamente factible prolongar la vida humana de manera casi indefinida. No se sabe cuánto de visionario o iluminado puede haber en sus controvertidas propuestas. Pero no es esto lo que me interesa, sino el tono y respuestas de una breve entrevista que le hicieron en el diario Público el 18 de febrero pasado, en una visita a España.

Ante las reservas expresadas por el entrevistador (“Sus teorías generan mucha polémica en la comunidad científica”), de Grey le aclara decidido: “No es una teoría, es pura ingeniería”. La conversación termina con estas preguntas y respuestas:

P: Si nuestra especie deja de envejecer y, por tanto, deja de morir… ¿habrá sitio en el planeta para tanta gente?
R: Esa es una preocupación razonable. Sin embargo, esa posibilidad no es una razón suficiente para abandonar esta investigación. Hace 150 años descubrimos que la higiene podía salvar a muchísimos recién nacidos. Uno de cada tres niños moría en el primer año.
P: ¿Significa eso que tendrían que haber mantenido la falta de higiene para que no sobrevivieran tantos bebés?
R: Ahora tenemos que plantearnos lo mismo y optar por salvar vidas.

La actitud del científico, ingeniero o, por ser más exacto, del aspirante a emprendedor de la prolongación vital, es digna de análisis, más allá, como digo, de la sensatez o rigor de sus ideas concretas:

  • La explotación de un conocimiento o tecnología no se evalúa en relación a contextos amplios de conocimientos o valores. Ahora tendríamos que hacer como si ignorásemos algo cuya gravedad se desconocía hace 150 años (la escasez de recursos por la superpoblación), para juzgar aisladamente como un bien la prolongación individual de cada existencia humana.
  • Para de Grey, incluso aunque pueda admitirse una preocupación “razonable” por problemas de más amplio alcance o a más largo plazo, ello no basta para suspender una investigación, si, por ejemplo, se puede argumentar que hay beneficios concretos e inmediatos (“salvar vidas” lo llama).
  • La perspectiva de su investigación no es la de abordar un problema existente y reconocido como tal. Al principio de la entrevista de Grey intenta justificar que la medicina luche contra el envejecimiento, pero es obvio que convertirlo en enfermedad o problema es sobre todo un asunto de innovación industrial, que busca crear necesidades, productos, mercados y clientes.
  • En términos muy generales, la conversación trasluce el imparable empuje de la vida como palanca de la investigación y del conocimiento, bien que lo veamos bajo la forma de instintos biológicos de supervivencia, bien bajo la de intereses económicos de la industria (el negocio de la supervivencia). 

Este del elixir de la eterna juventud es en conjunto un buen ejemplo, siquiera hipotético, de las dificultades que habría para limitar la investigación, la expansión del conocimiento, apelando a fines, valores o intereses muy abstractos o generales.


Acerca de la ciencia 2.0

21 febrero 2009

Hace poco se ha publicado un artículo sobre la situación y perspectivas de lo que podría llamarse la ciencia 2.0. Sus autores, miembros del grupo EC3, la caracterizan “a través de sus principales propiedades: la participación y colaboración del usuario así como el libre intercambio de información por medio de aplicaciones web” en el campo científico, por analogía con la web 2.0.

El artículo es breve pero muy interesante y aborda en una serie de apartados los diferentes tipos de aplicaciones de la web 2.0 para investigadores, aportando ejemplos: redes de blogs, marcadores y redes sociales, revistas cooperativas, open data, audio y video-ciencia… Y acaba analizando en qué medida estos servicios son realmente útiles o tienen futuro para los científicos.

Abundando en lo que argumentan con perspicacia en la discusión final, se me ocurre hacer algunas anotaciones:

  • La ciencia ya es y siempre ha sido social y comunicativa; tal vez los científicos no sienten tanta urgencia por disponer de muchos más mecanismos de interacción, a lo mejor hay suficientes…
  • La intensa proliferación de sitios, formas, técnicas y aplicaciones para la distribución y comunicación de contenidos hace que el propio impacto y apogeo de cada uno de ellos se reduzca.
  • La interactividad científico-académica es inter pares, comunitarista, universal, abierta y crítica, pero también ordenada, institucional y meritocrática; una sociabilidad científica distinta será revolucionaria.
  • Las dinámicas de cambio derivadas de los negocios TIC resultan en algunos aspectos muy aceleradas para las estructuras institucionales y organizativas complejas como las de la ciencia.
  • Como en la adopción social de cualquier innovación, la ciencia 2.0 debería aportar excelencia o economía, eficacia o eficiencia, o ambas; a los científicos no les basta quizá con sentirse modernos.
  • La ciencia es crecientemente industrial y cooperativa y muchas utilidades orientadas a compartir recursos o información pueden ser fecundas, pero tal vez no hay tanta prisa por las redes sociales.
  • Como acertadamente apuntan los autores al terminar el artículo, algunos de los desarrollos de ciencia 2.0 forman parte de las estrategias mercantiles por las que potentes editores comerciales (Elsevier, Nature…) se sitúan ante el fenómeno para proteger y promover sus propiedades intelectuales: tratan de ocupar y marcar el territorio 2.0 antes de que lo ocupen otros y puedan desde ahí abrir una vía de agua, una brecha, en sus mercados, como ha sucedido con el open access. Han aprendido y se anticipan.

Muy relacionado, véase además: Torres-Salinas, D. 2008. La edición y las revistas científicas ante la encrucijada 2.0. ThinkEPI.

P.S. 02-07-09: Sobre este tema he escrito también en ThinkEPI esto: Academia y ciencia colectiva.


Comercialización de la ciencia

15 febrero 2009

Una de las maneras en que se industrializa el conocimiento social y, en concreto, su segmento más cualificado, la ciencia, es a través de la preponderancia de la llamada tercera misión de las universidades (segunda en los centros públicos de investigación que no imparten enseñanza). Se trata de la labor de transferencia de conocimiento, de aplicación de las innovaciones a los sectores productivos, que se lleva a cabo mediante valorización y comercialización, licencias y contratos de tecnología, creación de spin-offs, etc.

Es lógico plantearse cómo afecta esta nueva función emprendedora de la investigación pública a la eficacia, calidad y también a los valores y criterios con que se desempeñan las otras tareas: la creación de conocimiento y la educación (si es el caso). Comentando otro artículo, ya he escrito sobre esto en una entrada anterior. Esta vez me ha llamado la atención un trabajo reciente al respecto, que estudia una amplio periodo temporal (1980-2004), está centrado en los principales investigadores de una institución alemana tan representativa como la Max Planck Gessellschaft y se presenta con un título sugerente.

Buenstorf realiza un análisis empírico y cuantitativo del que concluye que la actividad inventiva de los investigadores considerados coincide con un mejor rendimiento científico por su parte (número de publicaciones y citas recibidas). También, el trabajo de comercialización de innovaciones mediante licencias con empresas correlaciona positivamente con una mayor productividad e impacto en artículos científicos. Sin embargo, la implicación en spin-offs suele representar a largo plazo una contracción en la producción científica de los emprendedores.

El autor explica que sus resultados son consistentes con otros estudios anteriores, confirmando que las tareas de invención, innovación y comercialización, con la salvedad de la responsabilidad sobre las spin-offs, repercuten más positiva que negativamente en el desempeño científico de los investigadores, considerados sólo desde un punto de vista individual. Sin embargo, Buenstorf no consigue probar que esto se deba a un incremento del aprendizaje derivado del contacto con el sector privado, ni a un aumento de los recursos debido a las licencias, etc. Las causas permanecen, pues, escondidas. 

Tampoco salen a la luz en el estudio de Buenstorf otras repercusiones de la función emprendedora en la ciencia: el cambio en las prioridades de la investigación, la alteración de los ritmos de publicación, la variación en los niveles de independencia con que se enfocan trabajos y conclusiones, el puesto que debe ocupar la evaluación social de la tecnología, etc.

Tomamos, pues, nota de que diversos análisis empíricos parciales abonan la hipótesis de que a más comercialización, más ciencia, sin que se conozcan ni las causas del fenómeno, ni las determinaciones y condicionantes de la ciencia resultante. Parece que todo aboca a nuevas e imaginativas sinergias e hibridaciones entre financiación pública del conocimiento, creación social de riqueza y oportunidades de negocio particulares. O sea, una fecunda reelaboración vanguardista del complejo militar-industrial de la posguerra.


Publicidad viral y conocimiento

8 febrero 2009

Para entender cuestiones como la sociedad de la información, la industrialización del conocimiento o el desarrollo de la educación conviene no perder de vista el marketing o publicidad viral. Se trata de un fenómeno muy vinculado a internet, medio ideal para el cultivo y propagación veloces de las especies informativas. Por tanto, es algo reciente y característico de nuestra época, aunque sin duda hunde sus raíces como siempre en usos y costumbres tradicionales (rumores orales, “cadenas” de cartas, etc.)

Un artículo de Mónika Jiménez Morales en Hipertext.net, titulado precisamente La publicidad viral: la comunicación por contagio, explica muy bien, con ejemplos, en qué consiste esta técnica comercial. Es significativo cómo recurre a los conceptos de “infección” y de “epidemiología” para referirse a estos temas, descubriendo lo que constituye (en mi opinión) algo más que una analogía formal.

La información siempre se comunica mediante la replicación de medios materiales, pero hay algo especial que emparenta a las campañas de publicidad viral con las de agit-prop, la rumorología, los chistes, las modas, etc. En todas estas epidemias se produce una transmisión puramente viral de información, casi inconsciente y automática, sin apenas elaboración intelectual, que da lugar a una forma rudimentaria pero resistente de conocimiento por contagio (parafraseando el subtítulo de Jiménez). Siempre ha existido, pero últimamente, merced a la tecnología, el contagio informativo se realiza de maneras muy variadas, rápidas y vigorosas, lo que no es ajeno a los cambios sociales que vivimos.

La publicidad viral, en particular, es intencionada por su origen, un acto deliberado de infección informativa. Normalmente se conocen los emisores, los destinatarios, los mensajes y los objetivos o propósitos. Resulta por tanto una manifestación bien definida y concreta de la viralidad o contagiosidad universal de la información. Por eso, es un modelo que permite ver las características del fenómeno global, trazar comparaciones en otros ámbitos, analizar el comportamiento de individuos y colectividades, etc.

El conocimiento por contagio, en general, puede tener repercusiones en la enseñanza (contagio y educación) y en el conjunto de la especie, en el desarrollo de una inteligencia externalizada, reticular y colectiva (inteligencia de enjambre).


JCR con Eigenfactor y más

4 febrero 2009

Las últimas novedades introducidas hace pocos días en los Journal Citation Reports (JCR) del ISI Web of Knowledge suponen una mejora interesante en la información métrica que ofrecen sobre las revistas científicas. Sobre todo porque facilitan datos complementarios al clásico y omnipresente factor de impacto. Los cambios principales son cuatro, pero sólo afectan a las ediciones de JCR (Science y Social Science) de 2007, no a las anteriores:

  1. Se proporcionan de cada revista dos nuevos indicadores procedentes de Eigenfactor.org: Eigenfactor y Article Influence. (Puede verse otra entrada en este blog al respecto). Son indicadores elaborados con datos de Web of Science pero fuera de su entorno, obtenidos, por acuerdo con sus desarrolladores. Valoran la importancia de las revistas en función de la propia influencia iterativamente ponderada de las revistas que la citan, siguiendo el modelo del algoritmo PageRank de Google, e igual que hace el indicador SJR de SJR Journal & Country Rank sobre datos bibliográficos de Scopus.
  2. JCR ha añadido también un nuevo factor de impacto a 5 años, es decir, calculado sobre la base de las citas realizadas a los artículos de cinco (y no dos) años de cada revista. Ello es obviamente útil para sectores de la ciencia donde la vida útil de los artículos es más dilatada en el tiempo, como en las matemáticas, las ciencias sociales, etc.
  3. Con los datos de cada revista, ahora se muestra Journal Rank in Categories, una tabla síntesis de su posición por factor de impacto en las categorías temáticas a las que pertenece, que resulta práctica para enterarse rápidamente de su situación relativa respecto a los demás títulos, sin tener que ir a localizarla en cada lista. También se ofrece un gráfico con la distribución de los valores del factor de impacto en la categoría temática (media, mediana, percentiles, etc.)
  4. También con los datos de cada revista, otra tabla informa de la contribución de sus autocitas a su factor de impacto, mejorándose la vigilancia y control sobre este aspecto de la evaluación de las revistas que tantas suspicacias levanta.

Las nuevas prestaciones de JCR no sólo enriquecen los servicios de la fuente de información, sino que es de esperar que ayuden a aligerar la obsesión excesiva con el factor de impacto como único patrón de medida de la calidad científica. Ver en el propio JCR más criterios de calidad, tan interesantes como Eigenfactor, hacer comparaciones fáciles, puede contribuir a descongestionar.

Tácticamente, todo ello pone en valor a JCR permitiéndole eludir la sempiterna acusación por la responsabilidad de la impactitis reinante en todas partes: se ha diversificado.

Lo que se echa de menos, en fin, es una mejora en la interfaz de consulta, que ha evolucionado poco para lo que suelen cambiar estas cosas ahora.