Elogio del PDF

Desde hace al menos veinte años, muchos han sido los intentos de la industria de los contenedores electrónicos por acoger al texto impreso, y al libro como su máxima expresión, bajo su manto protector. Lo ha conseguido, en gran medida, con la música, la fotografía y el cine, dando lugar a nuevos formatos y máquinas digitales. En cambio, la digitalización del libro mediante dispositivos físicos que permitan su lectura y utilización de manera ingeniosa es una noticia tan recurrente como efímera. Tales inventos, hasta el momento, no alcanzan el éxito. Quizás en el futuro, pero por ahora no.

Lo más parecido a una reconversión masiva del texto impreso al medio electrónico tiene lugar sin aparatos dedicados a propósito al menester de la lectura: se lleva a cabo mediante archivos en formato PDF que se manejan en ordenadores, equipos y redes utilizadas también para otras funciones y contenidos.

El Portable Document Format, un lenguaje de descripción de páginas que surgió para la autoedición, creado por la empresa Adobe, se ha extendido hasta convertirse en un estándar de presentación y publicación de textos. En poco tiempo, los archivos PDF han colonizado nuestros ordenadores personales lo mismo que los servidores de los mayoristas y repositorios de información. A modo de una silenciosa invasión, los PDF suben y bajan por las redes, van y vienen por correo electrónico, se crean por digitalización de originales impresos, se multiplican con alegre promiscuidad, son intercambiados y coleccionados con fruición…, como antes se formaban aquellos estupendos archivos de fotocopias, verdaderas bibliotecas personales.

Los PDF contienen hoy día tal vez lo esencial del conocimiento científico en versión digital: el segmento cualificado de la información pública está registrado en este formato. Los PDF son tremendamente populares, pero más aún en ámbitos académicos y de investigación.

Y sin embargo los PDF a lo que se parecen, en realidad, es a un texto impreso. Es como si parte de su enorme y callado éxito obedeciera a su capacidad de imitar y evocar los documentos estilo antiguo (cosa que no sería la primera vez que sucede), a ser decodificables con los esquemas perceptivos y cognitivos de la tradición impresa, frente a presentaciones más impactantes pero también más perturbadoras.

En efecto, los PDF son objetos digitales preparados para ser fácilmente convertidos con la impresora en objetos físicos casi equivalentes a impresos convencionales. Pero incluso en pantalla se caracterizan por su legibilidad y ergonomía seudoimpresa, por su estructuración clásica y estricta en páginas, por transmitir una sensación de permanencia y estabilidad y por conservar las cualidades gráficas de una hoja de libro o revista. Incluso, el icono de un PDF transmite cierta seguridad y previsión acerca de lo que vamos a encontrar, en cuanto al aspecto, y sugiere, en cuanto al contenido, que se trata de algo mínimamente serio y formal… 

¿Son los PDF la irónica huella digital dejada por el viejo Gutenberg? ¿O una tabla de salvación provisional de los náufragos de una forma de cultura mientras se habitúan a medios más estables de navegación?

2 respuestas a Elogio del PDF

  1. La historia nunca es garantía de éxito futura. Si bien es cierto usted tiene razon en sus apuntes…el formato debe irse flexibilizando ….

  2. Elogio del pdf

    Excelente reflexión de Luis Javier Martínez en su blog sobre el éxito del formato pdf: "En poco tiempo, los archivos pdf han colonizado nuestros ordenadores personales lo mismo que los servidores de los mayoristas y repositorios de información…

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